sábado, 17 de septiembre de 2011

Esperando al otoño.

Aquí sigo, atrapada en el fondo del valle, acudiendo a la llamada de la montaña, siempre que mi paralela vida me lo permite. Hoy no puedo separarme de la ventana, desde la que contemplo un maravilloso paisaje. Comienza a llover en las cumbres pero el sol sigue jugando al escondite, hasta que le pillen las nubes y la pague la tormenta. Pese a la extraña calor de estos días, la naturaleza sigue su curso y no se deja engañar por la locura del tiempo; justo enfrente tengo un arbolillo con sus hojas ya naranjas y amarillas y en mis paseos descubro los nuevos colores otoñales. Huele a romero en el Moncayo, salgo al balcón y me enreda su aroma.

Las nubes bajan por las laderas cubriendo el hayedo, los seres que lo habitan estarán buscando refugio. Los niños también regresan de coger moras, oigo sus risas, parecen llegar contentos con el dulzor de las frutas aún en su boca. El pequeño entra refunfuñando, una nube de moscas le perseguía con la bicicleta, está todo colorado y con perlas de sudor en su pelo. No puedo evitar reírme - ya veo que has disfrutado mucho- le digo.

Color, olor y sabor … y llega el sonido del viento y agita los colores de mi paisaje. Así es mi Moncayo… no es un cuadro, es una imagen viva que te hace sentir y que hermana, padre Moncayo… ¡Cuánta buena gente he conocido aquí en mi villa! ¡cuántos lazos se crean y cuantos nudos se deshacen!

Cada vez me cuesta más escapar y romper el Encanto, solo pienso en regresar y quizás algún día no tener que pensar en cuando volver, porque ya sin nudos este será nuestro hogar.




Desde mi ventana, barruntando el otoño.

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